El fin de la existencia, es uno de los temas más peculiares a los que se puede enfrentar un estudiante de la ciencia jurídica. Que todos nos vamos a morir es algo cierto, que queramos hablar de ello es otra cosa.

Pero muchas personas mueren todos los días y el derecho tiene la responsabilidad de dar una solución a todo aquello que la persona ha dejado a medias. Propiedades, negocios, responsabilidades, etc. Para un jurista, como para un médico, tratar con la muerte es una cuestión del día a día.

Según la ley, la personalidad civil se extingue por la muerte de la persona, y esto es interesante, porque, legalmente, en otras épocas se podía morir de muy diversas formas, como por ejemplo, cayendo en la esclavitud, que no necesariamente requería la muerte física de la persona. Tradicionalmente se ha dado por muerto al que tiene el corazón parado y la circulación y la respiración detenidas. Esta definición no es práctica hoy en día, en un mundo donde la ciencia conoce que el individuo puede estar muerto antes de que el círculo se cierre y donde necesita ese valioso tiempo para permitir el trasplante de órganos.

Actualmente, la muerte se considera en derecho una cuestión cerebral, se exige la comprobación total, basada en la constatación durante treinta minutos, a lo largo de un periodo mínimo de seis horas, de los siguientes elementos:

– Pérdida absoluta de consciencia y cese en la respuesta cerebral

– Ausencia de respiración espontanea

– Ausencia de reflejos cefálicos

– Electroencefalograma plano.

Ahora bien, estas señales no serán suficientes, como es lógico, para el caso de hipotermia inducida o aplicación de drogas específicas.

La prueba de la muerte se anota en el Registro Civil junto a la de nacimiento, siempre en virtud de las declaraciones de quien haya constatado el fallecimiento, produciéndose siempre antes de la fecha del entierro. El certificado médico es exigencia indispensable.

En caso de indicios de que haya habido muerte con violencia se suspende la licencia de enterramiento en tanto no se cuente con la autorización judicial correspondiente.

Por otro lado, encontramos la declaración de fallecimiento, que es un procedimiento específico del derecho para declarar a una persona desaparecida como fallecida y que podrá ser reclamada por los interesados en clarificar una situación jurídica. Por duro que suene, imaginemos a la mujer que no puede cobrar una pensión de viudedad aunque su marido lleve veinte años desaparecido, o al hermano que comparte propiedad con el difunto y que no la puede vender en tanto no aparezca el copropietario. En estos casos, para declarar fallecido al ausente, hay que tomar como base la gran probabilidad existente de que, efectivamente, la muerte se haya producido. Para esto se atiende, en primer lugar, al trascurso de los años, que suele coincidir, dependiendo del sistema legal, con la esperanza media de vida. En otros casos es de menos tiempo aún si la ausencia se inició en claro riesgo de catástrofe, tal como ocurre por ejemplo, y es uno de los casos más habituales, con los pescadores que desaparecen faenando en condiciones climatológicas adversas.

En caso de reaparición, se reintegran todos los estados previos que tenía el declarado muerto, excepto, curiosamente, el matrimonio, que una vez roto es irreparable.

En otra ocasión podemos hablar de determinadas curiosidades que producen algunas situaciones de fallecimientos algo extravagantes, o incluso analizar algunos supuestos de herencia, que es sin duda la figura jurídica más relevante en relación con la muerte. Pero por hoy basta un primer acercamiento que nos señale la importancia que tiene la muerte en determinados ámbitos. Para el estudiante de derecho, lejos de tener que evitarla, la muerte es un tema cotidiano con el que va a tener que trabajar durante toda su carrera. Mejor empezar cuanto antes.

El Derecho de Marcas es una de las líneas de investigación y desarrollo más modernas en los centros de estudios jurídicos. Esta rama, se propine la definición de un bien inmaterial (la marca) que será objeto de la regulación legal. La definición de marca facilita un valioso instrumento que permite determinar los signos que la componen, permitiendo así su protección legal frente a ataques jurídicos de terceros.

El Derecho europeo, por poner un ejemplo, opta por una definición abierta con unos requisitos mínimos, enumerando sin carácter exhaustivo los signos que son susceptibles de convertirse en marca:

Podrán constituir marcas todos los signos que puedan ser objeto de representación gráfica, especialmente las palabras, incluidos los nombres de las personas, los dibujos, las letras, las cifras, la forma del producto o de su presentación, a condición de que tales signos sean apropiados para distinguir los productos o servicios de una empresa de los de otras.” (art. 2 Directiva Europea 2008/95)

Los requisitos que esta definición, por ardua que parezca, se pueden simplificar y sistematizar para una fácil comprensión:

Los requisitos del concepto legal de marca son:

En primer lugar, un signo. Entendiendo en sentido gramatical, nos referimos a algo que evoca o representa la idea de alguna cosa. La marca no puede ser de por sí una idea, sino que debe consistir en una materialización de la misma que sea visible al exterior. Es decir, que pueda ser percibida por los demás.

En segundo lugar, la marca debe ser susceptible de representación gráfica, esto es realmente interesante en un mundo actual, en el que han ido apareciendo ideas tan novedosas como las marcas sonoras (el sonido de apertura de Windows, por ejemplo, es reconocible en cualquier parte de este planeta), marcas olfativas, e incluso marcas táctiles. Para evitar cierto grado de confusión, la marca no sólo debe contener signos manifestables al exterior, sino que, además, deben ser susceptibles de una representación. Esto se entiendo fácilmente con un ejemplo práctico: Si tu marca es una nube, deberás ser capaz de representarla, y si es meramente aire o agua, deberás ingeniártelas para plasmar una corriente de aire o una ola, de lo contrario el paraguas de la regulación de marcas no protegerá tu obra.

En tercer lugar, la aptitud diferenciadora debe separar una marca de otra, lo que permitirá a los diversos agentes económicos no colisionar en sus posturas de mercado. Tras estas palabras farragosas subyace la idea de que tu marca debe poder distinguirse de otras ya establecidas, para lo cual, basta con que no se escriba, se dibuje o se pronuncie de forma similar (por ejemplo Nike y Naiki). En este sentido, la marca adquiere una función mercantil, es decir, es un signo que actúa en el merado identificando y separando bienes.

En cuarto y último lugar, una marca identificará los bienes o servicios de una empresa concreta, lo que nos indica que la marca no es un signo abstracto, sino uno concreto que adquiere sustantividad cuando un producto determinado se incorpora al mercado, siendo imposible, por tanto, la disociación entre un producto concreto y su respectiva marca. O dicho de otra manera: No existe marca sin producto que la respalde.

Si posees una empresa o un negocio, recuerda que es fundamental la protección de tu propiedad industrial e intelectual, con estas breves notas deberías poder comenzar el proceso de elección de tu marca de tal manera que esta se ajuste a la legalidad y su registro no te ocasione gastos extra ni retrasos inesperados, ya que un proceso de estas características puede ser, incluso sin complicaciones, largo y costoso. Ahora sólo necesitas una buena idea desde sobre la que construir tus cimientos.

Es asombroso ver las grandes empresas que el hombre ha llevado a cabo en los últimos cientos de años. Desde la invención del fuego hasta la tecnología actual, el espíritu de curiosidad y la necesidad de conocer y adaptarse a su entorno han provocado un crecimiento espectacular. Las primeras premisas filosóficas, en las que el hombre postulaba sobre su naturaleza, fueron el comienzo de un camino que está lejos de acabar y donde las invenciones más recientes se encaminan a la exploración del universo, a la cura de enfermedades y a la satisfacción de las comodidades vitales más ambiciosas de la humanidad. La necesidad de cuestionar el origen y el sentido de la existencia nos ha llevado a ser la especie más excepcional de la naturaleza. El hombre tiene, además, una virtud que le separa del resto de animales, porque más allá incluso de su capacidad intelectual, su capacidad de transmitir el aprendizaje, mediante el conocimiento y la ciencia, a las generaciones posteriores ha servido para consolidar nuestra posición de especie dominante. La investigación en pos del descubrimiento es historia viva de nuestra raza, que ha perseguido siempre iluminar las zonas oscuras de la conciencia para dar respuestas sistematizadas a todo el abanico de cuestiones que se ha planteado el ser humano. Ahí reside el germen del método científico.

El procedimiento de aprendizaje de los conocimientos se compone de diferentes partes, cada una sirve de base a la siguiente, la cual, a su vez, cimentará unos conocimientos posteriores en lo que conocemos como evolución, que es un concepto, no solo biológico, sino también científico. El conocimiento nuevo, por supuesto, se adquiere investigando, encaminando la actividad científica a lograr un resultado claro y conciso sobre un aspecto determinado que ha despertado el interés del investigador. Este problema de origen, normalmente, supone un problema u obstáculo para el investigador, o al menos una fuente de desafío intelectual. Un ejemplo de investigador altamente motivado es el del médico que investiga enfermedades que han afectado a seres queridos o el del físico que profundiza en la rama que no alcanza a comprender. En definitiva, el objetivo de la investigación científica no es diferente que el de un ingeniero, allanar barreras y conseguir superar montañas.

Con el progreso tecnológico y científico conseguimos acercarnos a una observación más precisa para conocer el mundo real, al que le otorgamos un determinado significado a través de la observación subjetiva. Dotar de objetividad a nuestra visión parcial como observador/investigador es el “Leit Motiv” del método científico, donde se intenta sacar pautas de comportamiento a una relación de hechos que no pueden ser fortuitos.

Habrá, por tanto, método científico cuando se consigue acumular nuevas fases de conocimiento que sumar a las anteriores, siempre mediante el estudio encaminado a la constatación científica de los mecanismos que explican cualquier fenómeno natural y cuyos resultados, por precisos, no puedan ser refutables.

Hay que distinguir, para terminar esta introducción, la separación que existe entre las llamadas ciencias puras y las ciencias sociales, que matizarán nuestra forma de acercarnos al objeto de estudio y diferenciará la fiabilidad de los resultados. Se ha dicho, demasiado a menudo, que la imposibilidad de aislar y controlar todas las variables relativas al ser humano, que no pueden ser estabilizadas en un laboratorio, desvirtúa la aplicación del método científico en las ciencias sociales. Aunque esta afirmación no es literalmente cierta, si es verdad que lleva una parte de razón, pero adentrarse en la especialidad de la investigación sociológica no aportaría nada al tema que estamos tratando ahora.